Relaciones entre mujeres

Lo que nadie te cuenta cuando empiezas, lo que cuesta nombrar cuando va mal y lo que pasa después. Sin recetas y sin dar por hecho que tu situación es la de todas.

Tu primera relación con una mujer

Qué cambia respecto a lo que conocías, qué expectativas conviene bajar y por qué el «ya deberías saber» no ayuda a nadie.

No hay un manual y eso es lo primero

Si vienes de relaciones con hombres, o si esta es tu primera relación a secas, lo más probable es que llegues con la sensación de que todas las demás saben algo que tú no. No es cierto. Buena parte de las mujeres que llevan años en esto también aprendieron sobre la marcha, porque no hubo nadie que se lo contara.

La educación afectiva que recibimos casi todas describe una relación entre un hombre y una mujer, con papeles repartidos de antemano. Cuando eso no aplica, hay que decidir cosas que en otras parejas vienen dadas, y eso es más trabajo, no menos.

Tiene una parte buena que conviene ver: nada está prescrito. Quién invita, quién da el primer paso, cómo se reparte la casa o cómo se lleva el dinero se habla y se acuerda, en vez de heredarse.

La intensidad de los primeros meses

Hay un fenómeno del que se habla mucho en las salas y poco fuera: la velocidad. Dos mujeres que se gustan tienden a construir intimidad muy rápido, a contárselo todo en la tercera cita y a estar viviendo juntas en seis meses.

No pasa nada malo por eso, pero conviene saber que ocurre para poder decidirlo en vez de que te arrastre. Si en dos meses has renunciado a tus planes, a tu gente y a tus fines de semana, eso no es amor intenso: es haber perdido pie.

La pregunta útil no es «¿vamos demasiado rápido?», que no tiene respuesta objetiva, sino «¿sigo teniendo mi vida?». Si la respuesta es no, frena aunque estés muy bien.

El sexo, sin las prisas de nadie

La primera vez con una mujer genera una ansiedad de rendimiento que casi nadie confiesa. Se llega pensando que hay una técnica que aprender y una prueba que superar, y no hay ni lo uno ni lo otro.

Lo que sí ayuda: hablarlo. Suena poco espontáneo y funciona mucho mejor que adivinar. Preguntar qué le gusta a la otra persona no rompe la magia, la construye.

Y si en algún momento no te apetece, no te apetece. Que las dos seáis mujeres no elimina la posibilidad de sentirse presionada, y no tienes que demostrar nada a nadie sobre tu propia orientación acostándote con alguien.

Cuando el entorno no lo sabe

Es habitual que una de las dos esté fuera del armario y la otra no, y ahí se juntan dos ritmos que no tienen por qué coincidir. Quien ya salió puede vivir la discreción como un rechazo; quien no ha salido puede vivir la prisa como una amenaza real, porque a veces lo es.

Lo que no funciona es que una decida el calendario de la otra. Salir del armario tiene consecuencias que paga quien sale, no quien acompaña, y esa asimetría hay que reconocerla en voz alta.

Lo que sí funciona es acordar qué se hace mientras tanto: qué se cuenta, ante quién, y qué pasa en las situaciones concretas que se van a repetir. Tener eso hablado evita la mitad de las discusiones.

La violencia también ocurre entre mujeres

Un tema del que apenas se habla y que deja sola a quien lo vive. Qué señales importan y a dónde acudir.

Por qué cuesta tanto nombrarlo

La violencia en la pareja se cuenta casi siempre como algo que un hombre hace a una mujer. Esa imagen deja fuera a quien la sufre de otra mujer, y el resultado práctico es que muchas tardan años en ponerle nombre a lo que les está pasando.

A eso se suma un miedo específico del colectivo: contarlo parece dar munición a quien sostiene que estas relaciones son peores. No lo es. El silencio no protege a nadie salvo a quien ejerce la violencia.

Y hay un tercer factor: el círculo es pequeño. Contarlo puede significar perder de golpe al grupo entero de amistades, porque son las mismas de las dos. Ese cálculo es real y hay que tenerlo en cuenta al pedir ayuda.

Señales que importan

El control no siempre llega a gritos. Empieza por revisar el móvil «porque hay confianza», por decidir con quién puedes quedar, por hacerte sentir culpable cada vez que ves a alguien sin ella.

Hay una forma de chantaje que es propia de estas relaciones y conviene reconocerla: amenazar con contarlo. Si tu pareja ha usado alguna vez tu armario como arma —decir que se lo contará a tu familia o a tu trabajo—, eso es violencia, aunque nunca haya levantado la mano.

También lo es el aislamiento envuelto en romanticismo: «no necesitamos a nadie más», «nadie te va a entender como yo». Suena a intensidad y es un cerco.

A dónde acudir

En España, el 016 atiende violencia de género las 24 horas y también atiende a mujeres agredidas por otra mujer, aunque eso casi nunca se diga en las campañas. Es gratuito y no deja rastro en la factura, aunque sí en el historial de llamadas del móvil.

En Argentina, la línea 144 cumple esa función a escala nacional. En el resto de países, las asociaciones LGTBI locales suelen ser el camino más rápido para que te atienda alguien que entienda el contexto sin tener que explicarlo desde el principio.

Y si hay peligro inmediato, el número es el de emergencias: 112 en España, 911 en México. Tenemos la lista completa en la página de recursos.

Si quien lo cuenta es una amiga

Lo que más ayuda no es aconsejar, es creer. Quien está dentro de una relación así lleva tiempo escuchando que exagera, y una duda más la empuja de vuelta.

Tampoco funciona el ultimátum. Presionar para que lo deje ya suele conseguir que deje de contártelo, no que lo deje. Lo útil es dejar claro que vas a seguir estando cuando decida, sin fecha.

Y no la obligues a elegir entre ella y el grupo. Si el círculo es compartido, díselo tú a quien haga falta antes de que tenga que hacerlo ella.

Romper cuando el círculo es pequeño

Por qué una ruptura entre lesbianas se complica más de lo normal y qué se puede hacer para que no arrase con todo.

El problema no es la ruptura, es el mapa

En cualquier ciudad que no sea enorme, el ambiente lésbico es un círculo pequeño y muy conectado. Eso, que es una ventaja para conocer gente, se convierte en un problema el día que se rompe: vais a coincidir, vuestras amigas son las mismas, y la fiesta a la que ibas siempre ahora tiene un cálculo previo.

Añade la costumbre bastante extendida de seguir siendo amigas después, que a veces funciona y a veces es una manera de no terminar de irse.

Nada de esto significa que haya que mudarse de ciudad. Significa que conviene decidir algunas cosas en vez de esperar a que pasen.

Lo que ayuda de verdad

Acordar un tiempo sin contacto, aunque acabéis siendo amigas. No como castigo: como espacio. Volver a hablarse a las tres semanas suele garantizar que ninguna de las dos haya cerrado nada.

No repartir a las amigas. Pedirle a alguien que elija bando la pone en una situación injusta y suele acabar costándote esa amistad a ti también.

Y decidir tú qué cuentas. En un círculo pequeño la información circula sola, así que lo único que controlas es lo que sale de tu boca.

Volver al ambiente

Hay una parte que no se dice: después de una ruptura, mucha gente desaparece del ambiente durante meses porque no quiere encontrarse a la otra. Eso deja a la persona sin pareja y además sin su comunidad, justo cuando más falta le hace.

Aquí es donde un chat sirve para algo concreto. Volver a hablar con gente sin tener que aparecer físicamente en el sitio donde puede estar tu ex es un paso intermedio que muchas veces basta.

Y si vives en un sitio donde el círculo es tan pequeño que no hay margen, una sala con mujeres de otros países tiene una ventaja obvia: allí nadie os conoce a las dos.

ChatLesbianas.net no es un servicio médico, psicológico ni jurídico. Si estás en riesgo o necesitas acompañamiento profesional, en la página de recursos tienes a quién acudir, y el 016 en España y el 144 en Argentina atienden las 24 horas.

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